“Cualquier cosa que las computadoras puedan hacer, nosotras podemos
hacerla mejor... pero tenemos que aprender a hablar su idioma". Dorothy
Vaughan (EE.UU. n.20-09-1910 m.10-11-2008)
Si hasta bien entrado el siglo XX el acceso de las mujeres a las
Universidades y en general a las ciencias y la academia era limitado, para
mujeres negras era prácticamente impensable. En particular en los años
1940-1950 el estado de Virginia, EE.UU., donde se encuentran las oficinas
principales de la NASA, operaba bajo estrictas leyes de segregación racial.
Detrás de la cortina de hierro de la segregación y el sexismo de
mediados del siglo XX, un grupo de mujeres negras, las conocidas hoy como las
"calculadoras humanas”, transformó la teoría matemática en una realidad de
titanio y combustible. Estas mentes navegaron el vacío antes de que las
computadoras fueran fiables.
- Katherine Johnson (EE.UU. 1918 – 2020): La mente que guio el Apolo 11.
- Dorothy Vaughan (EE.UU. 1910 – 2008): La pionera de la era digital.
- Mary Jackson (EE.UU. 1921 – 2005): La ingeniera que rompió el techo de cristal.
La mañana del 16 de julio de 1969, el mundo contenía el aliento mientras
el Saturno V se elevaba desde el Centro Espacial Kennedy. Para el espectador
promedio, el éxito dependía del rugido de los motores y el valor de los
astronautas. Sin embargo, en el lenguaje silencioso de la física, el éxito
dependía de algo mucho más sutil y preciso: la resolución de ecuaciones
diferenciales y trayectorias orbitales calculadas a mano, entre otras, por
estas brillantes científicas.
Katherine Johnson nació en un pequeño pueblo donde la educación para
niños negros se detenía en el octavo grado; su padre mudó a toda la familia 200
km para que ella pudiera seguir estudiando. Murió casi centenaria habiendo
visto el estreno de la película sobre su vida (Hidden Figures).
Si el programa Apolo fuera una orquesta, Katherine Johnson habría sido
su metrónomo. Su especialidad no era solo sumar números; era la geometría
analítica aplicada. En una época donde las computadoras de IBM eran todavía
propensas a errores y apagones, la seguridad de la misión Apolo 11 descansaba
en las verificaciones manuales de Johnson.
El desafío matemático era monumental. Para llevar una nave a la Luna, no
se apunta hacia donde está la Luna en ese momento, sino hacia donde estará tres
días después. Esto requiere resolver las ecuaciones de movimiento de dos
cuerpos y prever las perturbaciones gravitatorias de un tercer cuerpo (la
Tierra).
Su trabajo permitió calcular la ventana de lanzamiento, un intervalo de
tiempo extremadamente preciso en el que la alineación de los astros permitía el
consumo mínimo de combustible. Sin su precisión, el Apolo 11 podría haber
pasado de largo hacia el espacio profundo o haberse estrellado contra la
superficie lunar.
John Glenn, el primer astronauta estadounidense en orbitar la Tierra, pidió
específicamente que Katherine verificara a mano los datos que arrojaban
las computadoras: "Si ella dice que son buenos, entonces estoy listo
para ir".
Es famosa su frase: "Calculé las trayectorias para el cohete. Si me
decían cuándo y dónde querían que bajara, yo les decía cuándo y dónde debía
despegar".
Dorothy Vaughan demostró una precocidad intelectual asombrosa. En una
era donde las oportunidades para los niños negros en EE.UU. estaban severamente
limitadas por la segregación, ella logró destacar gracias a un entorno que
valoraba profundamente la educación. En 1929, se graduó con una licenciatura en
Matemáticas.
Aunque sus profesores la instaron a seguir estudios de posgrado en la
Universidad de Howard, la llegada de la Gran Depresión cambió sus planes. Para
ayudar económicamente a su familia durante la crisis, decidió buscar un empleo
estable como profesora, antes de que el destino —y la Segunda Guerra Mundial—
la llevaran a las puertas de la NASA (entonces NACA) en 1943.
Mientras Katherine calculaba rutas, Dorothy Vaughan calculaba el futuro
de la infraestructura. Vaughan comprendió que la era de las "calculadoras
humanas" llegaría a su fin con la llegada de la computación electrónica.
Su genialidad no fue solo matemática, sino estratégica.
Dominó de forma autodidacta el lenguaje FORTRAN (Formula Translation),
el primer lenguaje de programación de alto nivel diseñado específicamente para
el cálculo científico. Al enseñar este lenguaje a sus compañeras, aseguró que
las mujeres negras no fueran desplazadas por las máquinas, sino que fueran
ellas quienes las controlaran. Gracias a su visión, las ecuaciones que antes
tomaban días en resolverse a mano pudieron procesarse en minutos, permitiendo
simulaciones de vuelo mucho más complejas.
Mary Jackson nació en Virginia. Creció en una comunidad
afroamericana vibrante y trabajadora en una zona costera que se convertiría en
el epicentro de la aeronáutica estadounidense. Su infancia y adolescencia
estuvieron marcadas por una disciplina académica impecable en un sistema
educativo rígidamente segregado.
Mary comenzó como matemática, pero su verdadera pasión era la ingeniería
aeroespacial. Sin embargo, para ser "ingeniera", necesitaba cursos de
posgrado que solo se impartían en una escuela secundaria para blancos. Mary
tuvo que solicitar un permiso especial al tribunal para asistir a esas clases.
Ganó el caso, completó los cursos y en 1958 se convirtió en la primera
ingeniera afroamericana de la NASA.
Llegar a la Luna requería primero escapar de la atmósfera terrestre.
Aquí entró en juego la mente de Mary Jackson. Como experta en túneles de viento
supersónicos, Jackson analizó cómo el aire se comportaba a velocidades que
desafiaban la comprensión de la época.
Sus ecuaciones sobre el flujo de aire y las fuerzas de arrastre fueron
fundamentales para diseñar la cápsula que protegería a los astronautas durante
la reentrada. El calor generado al reingresar a la atmósfera terrestre es
suficiente para desintegrar cualquier metal si el ángulo de ataque no es
perfecto. Mary Jackson aportó los datos técnicos que aseguraron que el escudo
térmico cumpliera su función, permitiendo que Armstrong, Aldrin y Collins
regresaran a casa sanos y salvos.
A diferencia de Katherine Johnson, que era más reservada y centrada en
el cálculo puro, Mary Jackson tenía una personalidad más asertiva y técnica. Su
infancia en Hampton le dio una perspectiva única de las barreras sociales de su
ciudad, lo que la convirtió no solo en una científica, sino en una activista
dentro de la propia NASA para que otras mujeres no tuvieran que luchar tanto
como ella.
En 1916 se estrenó en EE.UU. una película que recrea la vida de estos
tres gigantes: Hidden Figures (Figuras Ocultas). La película retrata con
crudeza el sistema de normas estatales y locales que impusieron la segregación
racial en los Estados Unidos, principalmente en el sur, entre finales del siglo
XIX y mediados de la década de 1960, las llamadas “leyes de Jim Crow”. Más allá
del drama social, es un homenaje a la ciencia y al rigor académico como
herramientas de cambio. Muestra cómo el objetivo común de poner un hombre en
órbita obligó a la institución a priorizar el talento sobre el color de la piel.
La importancia de esta película radica en que no solo es una película
biográfica, sino un acto de justicia histórica. Durante décadas, la narrativa
de la carrera espacial fue exclusivamente masculina y blanca; esta obra cambió
esa percepción globalmente.
Mientras el mundo miraba las estelas de condensación de los cohetes y
los rostros de los astronautas en televisores de blanco y negro, en oficinas
segregadas de Virginia se libraba una batalla distinta. Armadas solo con
lápices, reglas de cálculo y una resistencia de hierro, mujeres como Katherine
Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson transformaron complejas funciones de
geometría analítica y geodesia en realidades tangibles: órbitas estables,
reentradas seguras y la red de posicionamiento global que hoy llevamos en el
bolsillo.
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